La temperatura bajo cero hace tiritar a los
jinetes, quienes con apuro tratan de ensillar su caballo. Algunos lo
hacen con facilidad debido a que tienen conocimientos ecuestres, otros
sólo tratan de imitarlos. Son las cinco de la mañana y los amantes de
la equitación están a punto de iniciar un viaje de cinco días que los
conducirá por escarpadas montañas y planicies de Huehuetenango y del
Triángulo Ixil.
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Los ranchos ubicados
cerca de la Laguna de Magdalena, sirven de descanso a los jinetes. |
El sol aún no aparece, pero los primeros
choques de los cascos de los caballos con la grama se escuchan por
todas partes en el Centro de Turismo Ecuestre Unicornio Azul. Los
primeros trotes descubren ante los jinetes pequeñas colinas de rocas y
planicies verdes, pero sin ningún tipo de cultivo: El clima árido no
permite el crecimiento de las siembras.
Desde octubre de 1998 Fernando Mejía,
guatemalteco y Pauline Décamps, francesa, buscan introducir un nuevo
concepto de hacer turismo en el país. Construyeron en la cima de los
Cuchumatanes, a más de 3 mil metros de altura, en Chiantla ,
Huehuetenango, un centro de turismo ecuestre en el que ofrecen
travesías a caballo, desde una hora, hasta nueve días.
Los viajes se realizan en verano, de noviembre
a mayo en el departamento de Huehuetenango, (Todos Santos, Magdalena,
Cumbre). En marzo y abril en el área ixil, más húmeda. En invierno,
sobre todo de junio a agosto, es muy factible pasear a caballo,
escogiendo itinerarios más cortos sobre el frescor de la meseta.
El reto
El paso del tiempo permite a los jinetes
observar otros ambientes. Después de recorrer extensas llanuras y
vegas, los ojos de los turistas se detienen ante la variedad de
colores de la laguna de Magdalena. La belleza del lugar permite a los
turistas continuar el trote.
En la cordillera, los espacios son infinitos,
únicamente marcados por las rocas, los cactos y los pinos y de vez en
cuando, unas casitas de adobes con techos de tejas o de manil. El aire
es de una gran pureza, el silencio es solamente interrumpido por un
rebaño que pasa o un jinete al galope.
El aire frío de la región no permite sentir los
fuertes rayos del sol del medio día. Sin embargo, el hambre y el
cansancio indica a los aficionados a la equitación que el río que está
frente a sus ojos es el lugar ideal para consumir alimentos. Algunos,
desafiando el frío se meten al río junto a sus caballos, los cuales
retozan dentro del agua.
Otros visitantes se acomodan bajo de un árbol y
hacen la siesta. Los amantes de las artes o la literatura leen un
libro o escriben en su diario las peripecias y dificultades de la
aventura. Con nuevos bríos los jinetes continúan su aventura; sin
embargo, a las 17 horas deciden concluir la jornada. Es el momento de
pensar en el descanso.
Lo primero que hace cada jinete es buscar que
su caballo se sienta lo más cómodo posible durante la noche. Por eso
algunos quitan la silla al equino y le dan de comer. "En los viajes
tratamos que los clientes, con la ayuda nuestra, se involucren y se
responsabilicen por el cuidado de sus caballos, como quitarles la
silla, cepillarlos o alimentarlos", señala Décamps.
Laberinto de
caminos
Después, ante los ojos de los integrantes de la
caravana, desfilarán infinidad de cuadros. El Boquerón de las Majadas,
los bosques del área ixil pasan y la imponente meseta de piedra domina
el paisaje desde la aldea Palob, Nebaj.
Es el país de la papa y de la avena, pero sobre
todo de las ovejas. Los jinetes trotan por el laberinto de los caminos
bordeados de muritos de piedras y de magueyes. Por los senderos que
faldean las montañas, sólo encuentran las mulas que vuelven cargadas
de mercadería.
El tercer día llevará a los jinetes entre las
montañas y ríos de Acul y al final de la jornada, la paz de la
hacienda San Antonio, famosa por su queso, se encargará de acoger a
los integrantes de la caravana. Tortillas con queso, una tacita de
café o una cerveza servirán de mucho.
En el área ixil, en el recorrido hasta Acul,
Nebaj y Chajul, los ríos se hacen más frecuentes, las montañas se
cierran y se vuelven más oscuras, solo contrastadas por el corte rojo
sangre de las mujeres ixiles.
El cuarto día en la cumbre obliga a los
clientes a abandonar el paisaje de las planicies y su vista se desliza
al faldear las montañas. La noche se pasa en una casa comunal de
Chuatuj a 3200 metros de altura.
Después de cuatro días, el momento final del
paseo está cerca. Entre trotes y galopes los jinetes avanzan en la
meseta salvaje y solitaria, previo a bordear el impresionante
desfiladero del Pericón. Por la tarde, el hostal de adobe pintado de
blanco y la teja de barro de su techo anunciarán que la travesía ha
finalizado.
Nobles bestias
El centro cuenta con once caballos de origen "cuarto
de milla". Los propietarios del Unicornio Azul dicen que "los caballos
son finos para que disfruten los jinetes. Suficientemente nobles para
que los monten personas sin experiencia previa ecuestre y
suficientemente rústicos para recorrer montañas.
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El paisaje que se presenta ante los ojos de los jinetes es variado.
La Botija, Chiantla, Huehuetenango, es uno de estos. |
El centro está ubicado en un amplio terreno
rodeado de planicies y pequeñas lomas. Tiene una caballeriza, potreros
y un hostal para los jinetes que pretenden estar varios días. "Nuestro
hostal no fue concebido como un hotel, sino como un lugar que reúne a
amantes de la naturaleza y de los caballos en un ambiente sencillo y
familiar", señala Décamps.
Para vivir la aventura se debe ir preparado. El
frío obliga a llevar ropa especial. Es indispensable traer prendas que
mantengan el calor. Suéteres, chumpas de lana, gorros y calcetas o
calcetines gruesos. "Conviene traer ropa caliente, porque estamos a
más de 3 mil metros de altura", señala Mejía.
Pese al frío, los rayos de sol queman la piel,
por lo que es necesario llevar una crema solar. Además. para los
paseos que incluyen noches fuera del centro, es indispensable una
buena bolsa de dormir.
Las instalaciones no desentonan con la
comunidad, están construidas en el estilo de la región: de adobe con
techo de teja. El hostal cuenta con tres habitaciones y un baño común,
para una capacidad máxima de ocho personas. "Pero si vienen más
personas podemos ofrecer dos habitaciones en nuestra propia casa",
señala Décamps.
La pareja dice que continuarán con su proyecto,
ya que hasta el momento se encuentran satisfechos con la acogida que
ha tenido; sin embargo, están conscientes que es quijotesco. Con un
sonrisa Décamps dice: "Somos dos locos en medio de estas montañas".
Los sábados,
las mismas aulas que ocupan los estudiantes de la sede de la
Universidad Rafael Landívar, URL, de Huehuetenango, albergan a decenas
de mujeres mayas de diferentes municipios de ese departamento. Algunas
llegan de sitios lejanos como San Mateo Ixtatán, cuyo viaje en bus
requiere de alrededor de ocho horas, otras, de poblaciones más
cercanas.
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Para Reichenbach la
cámara era afición de fin de semana. |
El lugar de
procedencia y el colorido de la vestimenta no es lo único que las
diferencia del resto de alumnos. Aunque asisten a una universidad y
recibirán un diploma, su escolaridad es limitada, como sucede con la
mayoría de mujeres indígenas del país. Las más avanzadas concluyeron
tercero básico, otras, apenas terminaron la primaria y, las menos
afortunadas, sólo cursaron hasta tercer grado.
Sin embargo,
todas poseen una característica común: tienen habilidad para ser
líderes. Eso ha sido suficiente para que los organizadores las tomaran
en cuenta. "Hemos aprendido que no se necesita tener muchos
conocimientos para ser lidereza", dice la coordinadora general del
Programa de Capacitación de Mujeres Indígenas, María del Carmen de
Colmenares.
De esa
cuenta, hace dos semanas, el programa concluyó la capacitación de 87
mujeres mayas, la cual duró cinco meses y será impartida a tres grupos
más. Los temas giraron en torno a identidad, comunicación y liderazgo;
acuerdos de paz; derechos humanos y de la mujer indígena. "Conocer
sobre ello les permite participar e influir en sus comunidades", dice
Sergio Vives, director de la sede de la URL en Huehuetenango.
Los
organizadores eligieron trabajar con la población de ese departamento
por ser una de las que presenta los índices más bajos de desarrollo
humano. También porque ahí conviven ocho etnias mayas.
Ser parte de
la sociedad
A Eulalia de
León, una mujer de 51 años de la etnia q´anjob´al, el curso la ha
afianzado en su propósito de abrir cada vez más la participación de la
mujer indígena en la vida de la comunidad. "Es muy importante conocer
nuestros derechos para hacerlos valer", dice. De hecho, ella empezó a
abrir brecha en su pueblo, Santa Eulalia, hace siete años cuando se
formó una asociación de mujeres.
"Hoy somos
85, tenemos un vivero y constantemente reforestamos", dice. Para ella,
involucrarse en esa actividad le ha permitido tener participación
ciudadana y manejar fondos propios. "No teníamos costumbre de hacerlo.
Si los esposos nos daban dinero, bueno, si no, a sufrir", dice,
mientras explica que muchas indígenas viven "como si no fueran parte
de la sociedad". En su comunidad algunas siguen siendo marginadas y
jamás toman una decisión, sufren violencia intrafamiliar, malos tratos
por parte de los esposos y sometimiento. "Creen que así debe ser",
explica. "Por eso, cuando uno comparte con las demás mujeres lo que
aprende aquí, surge esperanza".
De León sabe
que capacitarse le permite educar mejor a sus hijos. "A los varones
les he enseñado que ellos deben ayudar en el oficio de la casa, a la
niña que cuando se case no será para ser esclava", afirma.
Insertarse en
la comunidad
Involucrarse
en la vida de la comunidad no es fácil para la mujer indígena. "Cuando
empezamos en la asociación nos veían como si fuera un espectáculo y a
nuestros maridos les decían que habían perdido los pantalones", indica
De León. Sin embargo, con el tiempo las cosas empiezan a cambiar. "Algunos
hombres ya comentan que las mujeres sí pueden y que son más
responsables", añade.
Ese cambio de mentalidad permitió a Juana Elena Montejo Díaz —una
jóven poptí de 27 años, del municipio de Jacaltenango—- asistir a la
capacitación.
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Para capacitarse,
Elena Montejo viajó desde Jacaltenango junto a sus dos hijos. |
"Agradezco a
mi esposo porque me ha dejado viajar, a otras se los niegan", dice.
Montejo llegaba a la URL todas las semanas pese a vivir a seis horas
de distancia, estar embarazada y llevar consigo a su hija de cuatro
años. A las últimas clases, asistió acompañada de su pequeño hijo,
quien el día de la graduación apenas tenía 40 días de nacido. "Perseveré
porque me interesé en los derechos del niño y la mujer indígena, los
cuales desconocía", dice. "Eso me ha permitido desenvolverme mejor en
el pueblo", añade. Ahora, Montejo quiere compartir ese conocimiento
con más mujeres de su étnia. "De nosotras depende cómo será la vida de
nuestos hijos e hijas", dice.
Forjar el
futuro
Maricela
Mendoza Santizo tiene 20 años, vive en San Mateo Ixtatán y pertenece a
la etnia chuj. Su interés por el desarrollo de la mujer hizo que al
escuchar en la radio una convocatoria para participar en el curso
sientiera el deseo de asistir. "No sabía qué hacer pero lo comenté con
mi papá", dice. La insistencia hizo que su progenitor la acompaña a la
cabecera departamental para entrevistarse con los organizadores. "Afortunadamente
me aceptaron a mí y a mi hermana", dice.
Intercambiar
experiencias con otras mujeres mayas y reflexionar sobre la dignidad
de la persona le ha permitido tomar consciencia de la injusticia
vivida por muchas mujeres de su pueblo. "Casi no las dejan salir, sólo
para ir a moler", indica. "Eso pasa porque así trataron a los mayores
y creen que así debe seguir siendo", indica. Sin embargo, está
consciente de la necesidad de romper barreras. "Cuando veo actos de
discriminación, me opongo y explico que todos tenemos derechos", añade.
Saltar
obstáculos
Echar a
andar el curso no ha sido fácil para los organizadores. Una de las
estudiantes que tenía permiso de la madre para asistir dejó de hacerlo,
pues el hermano se lo impidió. "Le dijo que no fuera andalona y la
golpeó", explica la coordinadora de monitoreo y seguimiento, Gladys
Figueroa.
El esfuerzo
por convencerlo no dio fruto. En cambio, a otro hombre —un padre de
familia que se oponía a la asistencia de su hija, pues le habían dicho
que los derechos humanos eran diabólicos— sí fue posible persuadirlo.
"Le explicamos el contenido a él, su patrón, el pastor y el alcalde",
dice Figueroa.
De historias
como esas da fe la facilitadora del curso, María Irene Sales, una
mujer indígena que ha concluido el programa de Traductor Legal en la
URL y ahora se prepara para seguir la carrera de abogado y notario.
"El sistema ha hecho que soportemos y toleremos la discriminación,
pero no hay razón para seguir viviendo así", dice.
Pensar de
esa forma le permite estar satisfecha con el curso impartido. "Muchas
alumnas vinieron llenas de estereotipos, seguras de que su vida no
podía cambiar", comenta. Pero ahora, añade, "tienen más confianza, se
atreven a hablar y están buscando formas de revertir la situación". No
obstante, Sales sabe que el reto es grande, pues no siempre las
puertas de las comunidades están abiertas. "Muchas requerirán de
seguimiento y apoyo", comenta. En ese sentido, de Colmenares explica
que el programa las acompañará a través del aula a distancia y que se
planifica un segundo curso para ellas.
El esfuerzo
es positivo y ha empezado a dar los frutos. Ojalá sirvan de ejemplo y
motivación para el resto de la sociedad guatemalteca.
El
Cimarrón, una experiencia abismal
Observar un enigmático agujero de casi 400 metros de
profundidad y 600 de diámetro, cuyo fondo está cubierto por un
espeso bosque, es una vivencia que desafía la mente, conmueve al espíritu
y hace temblar al cuerpo.
Texto:
Lili Beteta
Fotos: Jorge Morales
Un ave se
eleva desde el fondo, rompiendo el silencio profundo con el cual la
naturaleza misma parece rendir respeto a El Cimarrón. El trinar del
diminuto pájaro se intensifica con el eco que se produce en el
gigantesco agujero y su vuelo, lento y en círculos, permite imaginar
el remolino del viento en el vacío.
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Una
piedra de regular tamaño tarda 9 segundos en tocar el fondo
del agujero y el sonido es intensificado por el eco.
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Estamos
en la boca de El Cimarrón, el agujero de enormes proporciones que se
descubre al noroeste del municipio de Nentón, Huehuetenango. El hoyo,
que parece haber sido hecho por un gigantesco taladro, tiene una forma
cilíndrica casi perfecta y en sus paredes muestra roca caliza, la
cual también puede encontrarse en piezas de diferentes tamaños en
varios metros a la redonda.
Se cree
que el bosque, totalmente quieto en el fondo del agujero, es
alimentado por un arroyo que podría ser un ramal de los lagos de
Monte Bello, situados a pocos kilómetros de distancia. El bosque es
refugio para varias especies de aves y, según pobladores de
comunidades cercanas, también lo habitan animales salvajes.
De
Pancho Villa e historias de miedo
De
acuerdo con los habitantes de Nentón, hasta ahora es casi nula la
información científica respecto a esta formación geográfica y las
formas de vida que existen en su interior. Pero las preguntas que los
expertos en geología no han resuelto, encuentran respuesta en la
imaginación y pensamiento supersticioso de los pobladores, quienes
han entretejido un sinfín de historias alrededor del misterioso
agujero.
La más
popular de estas narraciones cuenta que en su huida de la milicia
mexicana, los rebeldes comandados por Pancho Villa llegaban hasta la
boca de El Cimarrón y lanzaban al fondo mulas cargadas con oro y
plata, para no entregar la riqueza a sus enemigos en caso de ser
atrapados. El agujero está situado a 15 minutos, en vehículo, de la
frontera con México.
Los más
supersticiosos dicen que es “el Viejo” o el Diablo quien cuida la
paz de El Cimarrón. Por eso, la tradición popular anota que quienes
han intentado llegar al fondo, han enfermado o han muerto. Aníbal
Salazar, ex alcalde de Nentón, cuenta el caso de un amigo suyo de
origen inglés, quien después de conocer el agujero se obsesionó con
la idea de explorarlo. Lo logró, señala, pero se volvió loco y
ahora recibe tratamiento psiquiátrico en su país.
Jesús
Rojas, originario del municipio de Jacaltenango, pasó su adolescencia
en una localidad cercana a El Cimarrón y recuerda que hace más de 30
años descubrió un campamento de jóvenes que deseaban llegar al
fondo. Después de varios intentos fallidos, dice, decidieron hacer
uso de un helicóptero, con el cual alcanzaron más de la mitad de la
distancia y después usaron escaleras.
Don Jesús
supo que aquellos exploradores lograron su objetivo de extraer oro y
plata del fondo de El Cimarrón, pero que debieron emprender el
ascenso de inmediato ya que descubrieron huellas de animales que,
creyeron, podían matarlos.
Se dice
también que “el hoyo”, como los pobladores lo llaman, fue hecho
por un meteorito que habría sido, además, responsable de la extinción
de los dinosaurios.
Las historias y anécdotas agregan interés a este territorio virgen
que pocos tienen el privilegio de conocer, pero no superan la
experiencia de absorber a través de las pupilas la impresionante y
salvaje belleza de El Cimarrón.
Este
viaje se realizó
en colaboración con el INGUAT
Cómo
llegar
El Cimarrón
se localiza a 35 kilómetros de la cabecera municipal de Nentón. La
primera parte del camino dura una hora sobre la carretera de terracería
que conduce a la aldea La Trinidad. Allí es necesario dejar el vehículo
a un costado de la carretera e iniciar una caminata de aproximadamente
45 minutos cuesta arriba.
El
sendero de acceso permite apreciar el paisaje propio de la región
rodeada de montañas, así como escenas de campesinos que trabajan la
tierra y animales que pastan apaciblemente.
Si decide
aventurarse a conocer este sitio, es conveniente que viaje un día
antes y que duerma en Nentón, cuya cabecera municipal está situada a
375 kilómetros de la ciudad capital. Necesita, además, contar con la
ayuda de un guía. Puede preguntar por ellos en la cabecera municipal
de Nentón o en la aldea La Trinidad. Es aconsejable que una persona
se quede para cuidar el vehículo.
Las
comunidades Guaxacaná y Gracias a Dios se ubican en los alrededores
de El Cimarrón, pero el acceso más directo es por La Trinidad.